El Alma de Cantillana en Cada Pincelada: Mi Viaje hacia el Lienzo de Sevilla
Cantillana. Más que mi lugar de nacimiento, es el epicentro de mi alma, el lienzo primigenio donde mis emociones tomaron forma y color. Cada rincón de este pueblo vibrante me forjó, desde mi barrio, el Cerro, un rincón humilde y obrero pero con un alma propia que me enseñó la resiliencia y la belleza de lo auténtico, hasta las imponentes vistas que dominan majestuosamente la Vega del Guadalquivir. Aquí, la luz me susurró sus secretos, la sombra me reveló su profundidad y el silencio me enseñó la elocuencia de lo simple.
Mis paseos solitarios por las riberas del Viar en las tardes de verano fueron el inicio. Entre el murmullo eterno del agua y el aroma embriagador de la tierra mojada, nació una obsesión que trascendió la mera vista. No buscaba solo capturar lo que veían mis ojos, sino la vibración, el latido que mi corazón percibía. Hoy, cada paisaje que nace de mi mano lleva esa impronta: la de un niño que aprendió a soñar con pinceles en Cantillana.
La vida, a veces, nos empuja a caminar por senderos difíciles, donde la sombra intenta apagar la luz. Pero fue en esos momentos de oscuridad, donde aprendí a encontrar mi propia fortaleza, a renacer con más ímpetu, a convertir cada herida en una pincelada de coraje. De esas cenizas, emergió la convicción de que el arte es un refugio, un grito de pasión que ninguna adversidad puede acallar. Mi pintura es el reflejo de esa lucha, de esa inquebrantable voluntad de crear.
Mis pasos solitarios por un camino llamado «el Camino de los Barros» fueron una revelación. Un terreno indómito, rico en arcilla, con una paleta de ocres y tierras que hoy reviven en mis obras, como en la poderosa «Vista de Sevilla desde el Río». Respiraba allí un aire primigenio, la inmensidad de la tierra perdiéndose en un horizonte infinito. Al fondo, la silueta eterna de Carmona, inamovible en su pedestal, bañada por una luz nocturna que calla y enmudece. Y el Cerro… ¡Ah, el Cerro! Uno de los miradores más poderosos y entrañables, donde mi mirada se perdía en una atmósfera casi mística, buscando con desesperación la forma de atrapar esa magia en el lienzo.
El aire, denso con la promesa del azahar de las huertas que abrazan las viñas… ¡ese color mágico que deslumbra y te arrastra a sumergirte en su alma para crear! Deseo que cada brisa, cada aliento de mi tierra, acaricie mis pinturas y las impregne con la esencia misma de este paisaje.
Por eso, mi firma va más allá de un nombre. No soy solo Jesús García Navarro. Mi seudónimo, Jesnagar, es un homenaje profundo, una declaración de amor y gratitud. Nace de la unión de mi nombre con una parte del apellido de mi madre, Navarro, de donde tomo «Nagar», colocando su esencia delante de la mía como un tributo perenne a una persona de alma inmensa, a quien tanto debo y que me enseñó a ver la belleza en el mundo. Por eso, con cada obra, con cada trazo, me presento ante el mundo con una declaración rotunda, inquebrantable: «Soy Pintor de Cantillana.»