Hay un lugar donde no hay ruido. Donde el cansancio se olvida. Donde las piedras del camino no son obstáculos, sino testigos. Ese lugar no está en un mapa. Está en la azotea de mi infancia, bajo el cielo de Cantillana, con una vieja radio que susurraba canciones de otro mundo, y yo, con la espatula en la mano, pintando en silencio mientras las estrellas me regaban con su luz fría y pura.
No pintaba para ser visto. Pintaba porque si no lo hacía, mi alma se deshacía en polvo.
En esos momentos, cuando la pintura se vuelve respiración, cuando el lienzo deja de ser soporte y se convierte en piel, siento que mis poros se funden con él. Mis manos no lo tocan. Lo atraen. Como si el color fuera un imán que llama desde dentro.
Subo y bajo la espatula, no como quien pinta, sino como quien baila. Un baile lento, antiguo, donde cada trazo es un quebranto, cada pincelada, un suspiro. Y cuando el color se desliza, no es mi mano la que lo mueve. Es algo más viejo. Más profundo. Algo que vive en la tierra, en el Guadalquivir, en el aire que respira el Cerro.
Entonces, me pierdo. Me hundo. Y sé que estoy dentro del manantial. No lo busco. Lo siento. Como se siente el alma cuando llora sin lágrimas.
Los colores vibran. La mano responde. Y nace algo que no es mío. Nace algo que siempre estuvo ahí. Una emoción que no tiene nombre. Un dolor que no se nombra. Una sonrisa que no se ve. Un rojo que grita. Un amarillo que susurra. Y sobre todo… lo inacabado. La imperfección más hermosa. Porque en ella vive la vida.
No pinto lo que veo. Pinto lo que siento. Y lo que siento es un erotismo silencioso: no lo que se muestra, sino lo que se insinúa. Una sombra en el hombro. Una mirada que se retira. Un reflejo en el agua. Porque lo verdadero no se grita. Se susurra. Y solo quien ha estado en la azotea, con la radio vieja y el corazón desnudo, puede oírlo.
En ese momento, cuando el pincel se vuelve llanto, cuándo los recuerdos de mi infancia me hacen dudar, cuándo los caminos duros me vuelven a mirar a los ojos… sé que estoy en el lugar correcto. Porque en ese silencio, en ese manantial, no hay juicio. No hay prisa. Solo el color. Solo la memoria. Solo el sueño.
Y ahí, en ese espacio entre el lienzo y el alma, es donde vivo. Donde nacen mis cuadros. Donde mi espíritu vuelve a nacer. Libre.
Nadie me podrá quitar esto: mi capacidad de soñar. Soñar hasta que el color se vuelva palabra. Soñar hasta que el silencio se vuelva voz. Soñar hasta que un extraño, en una ciudad lejana, mire mi pintura… y sienta, sin saber por qué, que la ha sentido antes. Que la ha vivido. Que la lleva dentro.
Porque eso es lo que hago. No pinto cuadros. Pinto recuerdos que no se olvidan. Pinto el alma de Cantillana. Pinto el aire que respiré en la azotea. Pinto la voz de mi madre. Pinto el manantial.
Y si alguien lo siente… entonces, al fin, mi voz ha sido escuchada.